Victoria Díez

Una mujer tocada por Dios.

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Victoria Díez y Bustos de Molina nace un 11 de noviembre de 1903 en Sevilla. Hija única de José Díez Moreno y Victoria Bustos de Molina. La definían como una niña alegre, juguetona, bondadosa, inteligente y cariñosa. Desde pequeña Victoria tenía una vocación clara: quería ser misionera, y ayudar a los más desfavorecidos.


   Sus primeros estudios fueron en el Colegio de las Carmelitas del Sagrado Corazón, allí hizo su primera comunión, algo que la impacto, no fue un acontecimiento más, sino que reforzó su idea de entregarse a Jesús y ser su amiga.

 
 

    
      A los 15 años Victoria ingresó en la Escuela de Magisterio. Sería maestra, pero no por vocación, sino por obediencia a sus padres. Al mismo tiempo cursó los estudios de Arte y Dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Sevilla, le gustaba pintar. Ayudaba a su gran amiga Pastora Liñán a terminar sus dibujos, retocándolos para que pudiera obtener mejores notas.

     En el año 1923, Victoria participa en unos Ejercicios Espirituales dirigidos por el Padre Ricardo Garriga. Las compañeras que compartieron con ella esta experiencia dirían después: “Allí es donde cristalizó la vocación de Victoria”. Se afianzó en ella el sentimiento de que tenía que entregarse a Dios por completo.

     En el año 1925 asiste a una charla sobre el carácter pedagógico de Santa Teresa de Jesús que impartía Josefa Grosso en la recién inaugurada Academia Santa Teresa de Sevilla. Victoria no necesitó nada más. De pronto, desaparecieron sus resistencias a ser maestra. El camino a la misión estaba claro: “Aquí está mi vocación; dadme la escuela, el pueblo donde debo desarrollar según estos métodos”.

    En este mismo año Victoria solicita a la Directora General de la Institución Teresiana, Josefa Segovia, mediante una carta clara, directa y muy significativa que quería pertenecer a la Institución, incorporándose el año 1926. Aprueba las oposiciones, con la realización de una prueba teórica y una práctica que dejó impresionados a los miembros del Tribunal: consistía en una clases con niños a los que explicaba el cuadro “Los niños de la concha” de Murillo. Ella pintaba a la vez que explicaba. Al final regaló a cada niño una estampa del cuadro. Fue la segunda en aquellas oposiciones.

     El 15 de agosto de 1927 se trasladó a Cheles (Badajoz). Fue su primer destino como profesora. Su madre viajó con ella y ganaba 3.000 pesetas anuales. Al principio la gente la ve como a una extraña pero, poco a poco, consiguió organizar la Biblioteca, pidió reformas para la escuela, preparó a los niños para la Primera Comunión, organizo las Hijas de María, …. la revolución en Cheles tenía el rostro y la voluntad de una mujer de 23 años. Aún así tiene dificultades con el párroco con quien confiesa que “no llega a sintonizar” y con el pueblo que sigue viéndola como una extraña.
     En el verano de 1928 compone una oración que resume su vida: “¿Que haré, Señor, para más agradarte?... “. Su siguiente destino fue en Hornachuelos (Córdoba). No podía imaginar que su deseo se iba a hacer realidad. Se encontró con un pueblo en pleno conflicto social, con grandes diferencias sociales, deficiente educación y salarios bajos, poca aceptación de la Iglesia y de Dios. Su lugar está claramente con los pobres del pueblo.

     Reforma la escuela, pero los materiales son insuficientes: ella misma pinta los mapas de España en la pared; en Sevilla compra libros, habla con el alcalde para obtener vestidos y calzados para algunas niñas y ella colabora en estas compras, consigue tela para que las alumnas puedan coser su propia ropa. Preparó un local y organizó un plan para jóvenes obreras en el que desarrolló un programa de alfabetización.

     De 1932 a 1934 se produjeron acontecimientos sociales difíciles: se retiran los símbolos religiosos de las aulas y se prohíbe a los maestros públicos enseñar religión, no podía enseñar catequesis, pero ella lo logró: enseñaba a su madre y a las jóvenes de acción católica y ellas daban las clases a las niñas y a las obreras. Mientras, Victoria, permanecía en la Iglesia rezando.

     En los primeros meses de 1936 se agrava la situación política y social, mucha gente del pueblo huyó, pero Victoria se quedó, quería acompañar a las familias y al pueblo al que había aprendido a querer.

     El 11 de agosto los milicianos fueron a buscar a Victoria. Habían detenido al párroco y a otros 16 hombres. La madrugada del día 12, iniciaron el camino al martirio. Fueron 12 Km de camino hacia la mina del Rincón, en los que Victoria rezó y animaba a sus compañeros diciendo: “Ánimo, daos prisa” “Nos espera el premio” “Veo el cielo abierto”. En su mano llevaba la imagen de la Virgen que la había acompañado hasta este momento.

     Fue la última en morir y nunca renunció a su fe en Jesús. Cumplió su deseo de servir a Dios hasta el final, hasta dar la vida. Sus últimas palabras fueron: “¡Viva Cristo Rey! ¡Viva mi Madre!”. Murió fusilada. Los milicianos que la asesinaron contaban sorprendidos la valentía de esta mujer menuda, la “maestrilla”.

     Fue beatificada el 10 de octubre de 1993 en Roma junto con Pedro Poveda y sus restos se encuentran en la Sede de la Institución Teresiana en Córdoba. Sobre su tumba una inscripción que define toda su vida: VICTORIA.

 

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